Me despidieron un viernes. El viernes es un día propicio a los despidos: la mayoría de los manuales sobre cómo efectuar un despido (existen, sí) recomiendan hacerlo en viernes. A última hora, a ser posible. Para poder poner en la calle al despedido antes de que tenga tiempo de reaccionar, y con todo un fin de semana por delante para que se enfríe, él y sus compañeros —ya ex-compañeros— de trabajo. Porque, del mismo modo que cuando las gallinas del corral ven como le cortan el pescuezo a una de ellas, del susto dejan de poner huevos, el día que despiden a alguien, y el siguiente, la productividad de la empresa, o del departamento, baja en picado: en todo lo que son capaces de pensar todos es en cuándo les llegará el turno a ellos. Según los manuales del buen despedidor, mejor que piensen en ello, y se indignen si procede, durante el sábado y el domingo, en vez de en horas de oficina: así esa ventana de falta de productividad no afectará a la empresa. Y el lunes, ya enfriados, volverán al gallinero cabizbajos y contentos de que esta vez no haya sido su pescuezo el cortado. Esta vez.
Mostrando entradas con la etiqueta Autoficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Autoficción. Mostrar todas las entradas
13/8/11
26/5/11
Yo y mi doble
Un día descubrí que había alguien con el mismo nombre y el mismo apellido que yo, que vivía en el mismo barrio de la misma ciudad que yo, que como yo era periodista de profesión, escribía novelas como yo y tenía un blog en blogger como yo, pero no era yo. No, seguro que no era yo, en su blog había una foto y el tipo que allí salía, aunque lleve el pelo corto y la camisa negra, como yo suelo, no se parecía en nada al tipo que suelo ver por las mañanas en el espejo del lavabo. El del espejo era mucho más guapo, a dónde vas a parar.
16/6/10
El latido de la ciudad
Yo solía notarlo. De noche, tumbado en la cama, ni dormido ni totalmente despierto, notaba el pulso de la gran ciudad, su latido. Pero no me refiero al rumor del tráfico ni al retumbar del metro (que, de todas formas, no oía nunca: vivía en una calle silenciosa, céntrica pero apartada de las grandes arterias urbanas). No; ese pulso, ese latido, no es perceptible con ninguno de los cinco sentidos convencionales.
28/5/10
Mis locos vecinos

El piso era viejo, muy viejo, y estaba bastante estropeado: las tuberías del agua ostentaban muñones mutilados en donde debería haber un calentador, habían arrancado y se habían llevado el interfono del portero electrónico y la roseta de entrada del teléfono. En mitad de una de las habitaciones habían hundido Dios sabe cómo (¿dejando caer desde mucha altura una bola de bolos, quizás?) las baldosas del suelo, formando un notable agujero.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


